La dislexia es un trastorno permanente, es decir, para toda la vida, caracterizado por una dificultad persistente para aprender a decodificar el lenguaje escrito. Tiene un carácter específico ya que para diagnosticar la dislexia hay que descartar que las dificultades observadas estén justificadas por algún otro déficit físico o sensorial, cognitivo o relacionado con el entorno. También podemos decir que la dislexia tiene una base neurobiológica porque el cerebro de un disléxico se desarrolla y procesa la información de manera diferente al de un no disléxico. No existe un perfil disléxico único que podamos encontrar en todos los casos, según las áreas y conexiones afectadas por una disfuncionalidad cerebral, la sintomatología variará significativamente entre unos y otros disléxicos y la gravedad de sus dificultades también. Uno de los grandes fracasos hasta el momento, es que se comienza a hablar de dislexia hacia el final del primer ciclo de Educación Primaria, ya que hasta ese momento se cataloga al alumno/a de inmaduro, distraído o vago. Esta detección tardía impide que se intervenga a tiempo, las dificultades aumentan y se hacen más persistentes. La detección precoz y la intervención preventiva son el único modo de paliar significativamente las dificultades de aprendizaje de los disléxicos Para saber qué niños/as deberían recibir una atención preventiva es necesario conocer los factores de riesgo de la dislexia y los hitos del desarrollo medio en estos aprendizajes. La gran mayoría de disléxicos tienen un déficit fonológico que les dificulta aprender las reglas de conversión grafema-fonema, aunque hay otros tipos de dislexia como la visual o mixta. Un disléxico no aprende repitiendo una y otra vez las tareas que ofrece la enseñanza ordinaria; dictados, copias, caligrafía sin más, lecturas comprensivas típicas, etc… Por esto, la opción de repetir curso para alcanzar el nivel de sus compañeros es un tremendo error.

El principal problema de los disléxicos frente a la lectoescritura en cursos superiores, es que no llegan a automatizar los procesos de codificación y decodificación. Los no disléxicos las automatizamos durante el primer ciclo .

Detectar y diagnosticar la dislexia

El diagnóstico de dislexia no se debería realizar antes de los 8 años, debido al desfase de, al menos dos años, que debe existir respecto al grupo de edad en el nivel lector. Además, solo se puede afirmar el diagnóstico de dislexia evolutiva tras haber observado que las dificultades se resisten a una intervención adecuada. Cuando observamos dificultades en el aprendizaje de la lectura y/o escritura antes de esa edad, podemos hablar de retraso o trastorno. El retraso se interviene y el alumno alcanza el nivel de sus compañeros, sin embargo, el trastorno es permanente y normalmente es dislexia. Aunque no tengamos un diagnóstico, es fundamental intervenir las dificultades concretas que se observen desde el momento en que sean detectadas. No existe un material específico para trabajar con todos los disléxicos ya que hay perfiles muy diferentes dentro de este trastorno. Todo buen material o programa debería incluir evaluaciones previas. Para intervenir adecuadamente es fundamental realizar una valoración inicial de las habilidades implicadas en la lectoescritura, cuya finalidad sea detectar qué dificultades concretas presenta y cuál es el origen de estas. Solo entonces podemos llevar a cabo un entrenamiento que sea efectivo. No basta con pasar un test de lectura y/o escritura y simplemente medir el nivel en el que se encuentra el alumno, esto no nos da información para saber qué y cómo trabajar con él. Para diagnosticar la dislexia en adultos no existe ningún test estandarizado, sobre todo se da importancia a la experiencia vivida por el sujeto durante los primeros años escolares y, en especial, a si presentó dificultades a la hora de aprender a leer y escribir o no. Un niño/a disléxico se percibe desde el primer momento en el que se enfrenta al aprendizaje de las letras, hay algo que le impide aprender sus sonidos o fonemas, su grafía, a combinarlas, las confunden, las omiten, las sustituyen tanto al leer como al escribir y aunque se intervenga adecuadamente siguen mostrando unas dificultades severas para alcanzar estos aprendizajes. Normalmente un disléxico adulto, si no ha tenido ningún tipo de apoyo ni tratamiento, habrá presentado muchas dificultades para acceder a estudios superiores, fracasando académicamente en este sentido. Por el contrario,  con apoyo y un tratamiento específico, siempre presentará dificultades en la lectoescritura. Las más comunes en sujetos adultos son las faltas de ortografía, lectura lenta con problemas de comprensión lectora y dificultades para llevar a cabo una redacción a la hora de sintetizar y organizar la información. Para establecer el diagnóstico en niños/as se debería realizar una evaluación rigurosa que determine cuáles son las dificultades específicas de estos y, a partir de ahí, orientar los pasos a seguir en la intervención. Antes y durante la evaluación debemos descartar cualquier otro déficit que explique las dificultades, así como, medir tanto las capacidades metalingüísticas como los procesos lingüísticos y lectoescritores que ofrezcan información para saber qué y cómo trabajar con cada niño/a.